Archivos de la categoría ‘Recetas’

Lechazo Sinde

18 octubre, 2010

Reza el dicho:

De la mar, el mero,

de las carnes, el cordero

de las aves, la perdiz

de las damas, Beatriz.

Ignoro los encantos de la tal Beatriz, que seguramente tendría los suficientes para inflamar el deseo del poeta, pero no puedo estar más de acuerdo en lo referente al cordero, seguramente mi carne favorita.

Y si de corderos toca hablar, para el particular cocinillas de a pie (ajeno al complejo entramado de proveedores de la restauración profesional) que quiera darse un homenaje corderil, resulta insuperable acudir a la siguiente dirección www.lechazochurro.com, la versión virtual de la Caniceria Sinde, sita en el Mercado del Val de Valladolid.

Los descubrí merced al excelente blog de Roberto (“El Pingüe”) http://blogs.publico.es/elpingue/401/sinde. Son especialistas en lechazo churro, la piedra filosofal de todo asador que se precie. Esta es la segunda vez que acudo a sus servicios y seguramente habrá muchas más, puesto que la calidad y profesionalidad que se averigua detrás es impresionante. Empezando por la oferta de la web, que además de cordero y sus despieces (costillitas, casquería, etc.) también incluye cochinillo y chuletón… y terminando por el sistema de entregas (servicio “SEUR frío”, que garantiza por un precio muy razonable, la llegada del producto en perfectas condiciones antes de las 13:30 del día siguiente al pedido). Este es el aspecto al recibir la mercancía:

La unidad mínima sería el cuarto de cordero lechal (calculen que 1 cuarto es para dos personas), si bien hay un pedido mínimo (creo que 75€) para portes afuera de la provincia de Valladolid. Esta vez pedimos también chuletillas y cochinillo, que guardamos congelados para otra ocasión.

Sería un pecado usar un animal tan noble en algún guiso o preparado que enmascare su sabor, por lo que mi recomendación es clara: asado al horno según la receta tradicional castellana y acompañado con ensalada (nada de poner patatas ni guarnición alguna). No os preocupéis si no tenéis horno de panadero, os aseguro que sale estupendo en un horno doméstico cualquiera; la receta solo requiere buen producto (y este es buenísimo) y tiempo… los resultados se equiparan a los de los mejores asadores castellanos, y mejoran los de muchos asadores no tan buenos.

La receta es muy sencilla:

1)    Precalentar el horno a 160º (mejor ponerlo en función de horno + ventilador)

2)    Untar las piezas por ambos lados con manteca de cerdo y con abundante sal gruesa (el cordero admite bien la sal, no os preocupéis). Las disponemos en la bandeja delgada del horno (previamente untada con manteca de cerdo) y vertemos un par o tres de vasos de agua, que serán la base de la “salsa” que se producirá en el asado. Mejor disponer las piezas de modo que la parte externa del animal esté en contacto con la bandeja, y la parte interior esté hacia arriba.

 

3)    En la rejilla del horno disponemos algunas hierbas aromáticas. Imprescindible el romero, también se puede poner tomillo, laurel… a gusto del consumidor.

4)    En la bandeja gruesa vertemos también 3 vasos de agua, cuya función será la de que en el horno siempre haya la humedad necesaria para el asado. No queremos que el cordero se queme ni tampoco que se hierva, sino que se ase, por lo que se deberá vigilar que siempre haya agua durante la cocción e ir rellenando a medida que se gaste. A mi me gusta poner en la bandeja junto al agua una cabeza de ajos (los granos separados, con su piel y muy levemente machacados con un golpe de cuchillo ancho)

5)    Disponemos el conjunto en el horno. En la parte alta (sin llegar a la ultima regata) el cordero; debajo la rejilla con las hierbas, y en la parte más baja el agua con los ajos.

6)    Dejamos el conjunto en el horno, mínimo una hora, vigilando que el nivel de agua no baje en exceso.

7)    Cuando ya está la pieza bastante dorada, es el momento de darle la vuelta y tenerlo un ratito más dorándose por la otra cara, digamos que mínimo 45 minutos  más.

8)    Finalmente remataremos subiendo la temperatura del horno a unos 200º, para darle un toque algo más crujiente a la parte de arriba; ojo, sin llegar a quemarlo, hasta obtener algo similar a lo de la foto:

9)    En conjunto, entre preparar y asar se os irán unas 2h 30′ o 3h tranquilamente. Calculad bien, por tanto, a que hora llegan los invitados y el manejo de los tiempos, no sea que el cordero tenga que esperar en el horno (mejor que esperen los invitados) Aunque si veis que el cordero ya está a punto, bajáis el horno a unos 60º y os aguantará bien durante el rato necesario para cuadrar los tiempos. En todo caso es difícil equivocarse. Mirad el fantástico aspecto una vez troceado (habrá que esperar a Internet 3.0 para transmitir el aroma y sabor del bicho; fabuloso)

10)    Se trata de comer cordero y darle protagonismo, por lo que deberá presentarse en la mesa junto con una sencilla ensalada y un buen pan para mojar el jugo (una vez terminado el asado, os quedará una prudente cantidad de “salsa” en la bandeja del cordero, formada por el agua que hemos puesto al principio y los jugos que ha ido desprendiendo el animal; podéis presentarla en un cuenquito para que los viciosos comensales mojeteen, no la metais toda en la fuente del cordero porque lo ablandaría y enfriaría en exceso). Dicen que un poco de jugo de limón ayuda a desglasar la bandeja y recuperar más “salsa,” pero yo no lo aconsejo para no alterar lo mas mínimo el sabor.

11)    Nada de entrantes fuertes; dejad los canelones de la “iaia” para otro día. Algo fresco, un picoteo, un marinado suave… os podéis lucir con una par de entrantes “creativos” del estilo aperitivo de menú degustación, pero que no sea demasiado pesado. Nosotros optamos por unos pequeños bricks rellenos de queso, una gamba crujiente con chupito de sopa de cebolla, y unos daditos de salmón marinado en casa, con vinagreta de setas y germinado de col. Pijotadas para hacer boca y vacilar un poco demostrando a los comensales que no solo sabemos hacer “cocina tradicional”. Pero sed moderados que el cordero es el rey.

12)    Imprescindible un buen vino, casi obligado un Toro o un Ribera, tintos corpulentos que arrastran a la perfección la grasilla del cordero. En este caso, la excusa de la celebración era probar un Thermantia (compartiendo costes entre cinco se hace más llevadero); lástima que sólo había una botella jeje. Se trata de un Toro de altísimo nivel, el hermano guapo del Numanthia… más fino y con más postgusto que éste. He probado muy pocos vinos de ese precio (esta añada 2006 se encuentra por unos moderados 130€ en comparación con otra añadas) por lo que no sabría decir si los vale o no, sólo que estaba muy rico.

El puré de patatas de Robuchon

21 junio, 2010

No soy amante de publicar recetas, pero me acabo de terminar el nuevo y recomendable libro de David de Jorge (Con la Comida no se Juega) y no me resisto a transcribir la mítica receta del mítico puré del mítico cocinero, contada con esa gracia que sólo el mítico David tiene. Pese a los avisos del amigo Joaquin, aún no he tenido la suerte de probar la receta en su Atelier parisino; algún día será. Animaos y contadme que tal os ha ido con la receta.

Necesitas al menos un kilo de patatas “Ratte” de tamaño uniforme, para que se cocinen todas al mismo tiempo. Lávalas en abundante agua, sin pelarlas e introdúcelas en una cazuela amplia cubiertas con dos o tres dedos de agua. Añade sal marina, a razón de diez gramos por cada litro que contenga la olla y arrímala a la lumbre suave, tapada, por espacio de una media hora.

Pasada, la punta de un cuchillo pequeño se clavará en ellas sin dificultad, señal inequívoca de que están perfectamente cocidas. Escúrrelas y no las dejes enfriar jamás en el agua de cocción, si no quieres arruinar tu puré. Si lo haces, Robuchon te partirá las cejas, no lo dudes. Ojo, pues.

Mientras todo esto ocurre, vierte treinta centilitros de leche en un cazo y llévalo hasta el límite de la ebullición, sin que hierva, no lo olvides, el chef te vigila. Cuando puedas manejar las patatas con las manos sin achicharrarte, pélalas, despacio, con sumo cuidado para no dejarte ni un solo rastro de su piel adherida a la pulpa. Entonces, vuélcalas sobre un cedazo o mejor, en el interior de un pasapurés, si lo tienes, suspendido sobre una cazuela vacía. Que la malla sea bien fina, pues darás vueltas al manubrio como un loco hasta conseguir que la patata se convierta en una masa amarillenta bien compacta.

Arrima la cazuela con esa pulpa a fuego medio y sin cesar de dar vueltas con una espátula o cuchara de madera, intenta que la patata pierda la mayor cantidad posible de humedad y seque ligeramente. Hazlo durante cuatro o cinco minutos. Joël, el monstruo, te dirá que en esta operación, precisamente, se encierra toda una galaxia, el fundamento para que luego el puré quede liso, ligero, liviano y elegante como el puño de una blusa inmaculada de Hubert de Givenchy.

Añade, entonces y sin detenerte, quinientos gramos de mantequilla de vaca muy fría en pequeñísimos dados, muy poco a poco, hasta que el último pedazo desaparezca en el cazo puesto al fuego. Entonces, será el momento crucial para verter la leche caliente. Hazlo, en un fino cordón sin dejar de dar vueltas, mezclando vigorosamente hasta perder la última gota.

¿Ya está, te preguntarás? Pues no. Calma chicha. El alma de un buen puré no aflora hasta que lo pases de nuevo por un cedazo o colador de malla. Sí. Debes pasarlo así, a través, ayudado de una lengua -no la tuya, una de goma- a otra cazuela que reposará sobre fuego imperceptible. Remueves enérgicamente y si observas que aún peca de sequedad ligera y pesada, no lo dudes, remata con un poco de mantequilla fría y leche añadidas juntas, esta vez.

Si Robuchon te viera ahora añadir sal al puré, al finalizar el procedimiento de elaboración, te rompería las rodillas, te lo advierto. Si está soso, algo hiciste mal y deberás comenzar de nuevo. A lo sumo, su santidad dejará que espolvorees una pizca de pimienta blanca bien molida, nunca negra, pues se adivina entre las nubes de puré en imperceptibles motas negras y ensucia la preparación a la vista del comensal.

Espolvorea, si quieres, una poca nuez moscada, considéralo regla general -una pizca, ya es demasiado-. Será necesaria una sombra, una idea, un nada, un sí es no es, Joël llamaría a eso un “soupçon”: debes suponer que hay -nuez moscada-, sin estar, jamás, absolutamente seguro.

Listo para servir.


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