Ya estamos de vuelta despues de una semana de vacaciones disfrutando del memorable patrimonio extremeño: Cáceres, Trujillo, Mérida, Guadalupe…
A nivel gastronómico, la zona destaca por sus inmejorables jamones y quesos (la Torta del Casar, todo un fetiche); hemos comido buenos guisos (estupenda la perdiz del Pizarro en Trujillo) y una morcilla de aúpa en la Hospedería del Monasterio de Guadalupe (el resto de platos no parecieron muy interesantes), pero el cúlmen gastronómico de la Zona lo marca el renovado Atrio, que ocupa desde enero un renovado palacete en el centro histórico de Cáceres.
Enmarcado en un Relais Chateux de 5 estrellas, se obtiene de él lo que se espera: cocina burguesa de alta calidad, producto local y un entorno y servicio de altura. No es un sitio del que esperar innovación o creatividad, pero que garantiza la satisfacción al comensal… con la remodelación, la apuesta por la tercera estrella es clara, y la línea del restaurante es muy del gusto de la Michelín; veremos en un futuro como va la cosa.
Nos dejó una buena sensación de conjunto, todo muy equilibrado, primando el aspecto global sobre las chispas de genialidad. Excepcionalmente amable el servicio de sala y muy considerados hacia los que viajamos con niños pequeños.
Comenzamos con un aperitivo: Milhojas de boquerón con vinagreta de avellana, capuchino de foie con crujiente de maiz y hongos. Cuantas cosas! Primera aparición del foie, para mi gusto demasiado repetido en el menú… no tengo nada contra el foie, al contrario, pero estamos en Extremadura, no en París…
Navaja con loncha ibérica, ensalada y curry.
Cigala, careta de ibérico y jugo cremoso de ave (de nuevo con marcada presencia de foie en la crema). Lo mejor el chicharrón de careta.
Vieira asada, setas y hongos. Muy bien cocida la vieira, y un poco repetitiva la construcción basada en producto + “sopita vertida ante el comensal”.
Salmonete, caldo de cítricos, especias y falsas escamas crujientes. Me recordo la cocina marinera-especiada de Olivier Roellinguer en Cancale.
Pluma ibérica (con foie!), melocotones salteados y puré de berros. Ejemplifica a la perfección la idea culinaria del restaurante: producto local excelso (pluma), toque burgués (foie), en una presentación y cocciones clásicas, y con un pequeño contraste (muy bueno el puré de berros).
Binomio de Torta del Casar en contraste con membrillo y aceite especiado. La torta se presenta en versión natural y en helado. Una combinación con el membrillo que nunca defrauda.
Tocinillo con helado de yogurt y tierra de cacao. El Tocinillo era casi yema cruda con azucar; le encantó al peque.
Sobremesa con petit-fours clásicos y una copita de Tiramisú… e imperdonable salir del local sin pedir que nos muestren la bodega, una auténtica joya; no es que posea los mejores vinos del mundo, es que además dispone de casi todas las añadas completas. La vertical de Château d’Yquem es una lección de Enología impagable donde se ve el color de cada vino en función de la calidad de la añada y su evolución. Arranca en 1806, con la famosa história de la botella rota que podeis leer aquí y que os contará el sommelier si se lo pedís.
No hay fotos de la bodega, porque yo andaba embobado y Sonia vigilando al peque para que no rompiese algun Grand Cru que nos obligase a quedarnos a fregar platos durante un par de generaciones para pagar el estropicio. De todos modos, el trato especial que dan al vino queda patente con tan solo ver la carta, con comentarios, que es un libro editado con todas las de la ley:
Sin duda merece la visita.









