Cerramos el reportaje gastronómico sobre las vacaciones en la Bretaña comentando algunos de los otros restaurantes que hemos visitado, más informales, pero todos ellos bastante satisfactorios.
Empezamos con lo que fue, posiblemente la comida más agradable del viaje, en Le Manoir des Portes (www.manoirdesportes.com), un delicioso y tranquilo hotelito rural situado en la zona de La Poterie/Lamballe, cerca del magnífico y poco conocido castillo de la Hunaudaye, el Fort La Latte y el cabo Fréhel. Terraza jardín idílica, compartida con otra pareja con bebé y una curiosa mesa de “despedida de soltero masculina con glamour”.
Propuesta única de menú de mediodía sobre los 30€ por persona (bebidas a parte).
Souffle con trufa de verano.
Ensalada campera; fantástico punto de coccion del huevo y de la andouillette (una especie de butifarra pero hecha enrollando tripas a modo de espiral; es un sabor profundo a víscera que puede ofender a algunos paladares, pero encantará a los adeptos al trash-cooking)
Tiernísima ternera con setas y bastante correcto el san pedro (pescados, Francia… ya se sabe)
A modo de postres, una tosta con queso gratinado y unos higos al horno, culmen de una comida low cost, súuuuuuuuuuuper agradable en un entorno idílico.
Otra comida muy grata en Dinan, un precioso pueblecito muy turístico, donde uno espera encontrarse a Asterix deambulando por las calles. Envidiable esfuerzo el del restaurante Chez la Mère Pourcel (www.chezlamerepourcel.com) situado en una casa con 400 años de antigüedad en el centro del pueblo, para ofrecer una muy digna propuesta (a la vez que muy turística, y en un lugar muy turístico) a precios comedidos.
Aperitivos de la casa: Pousse Rapière (con armagnac) y el omnipresente Kir Breton (un Kir Royal al que se le sustituye el champán por la sidra local; refrescante y económico)
Unas ostritas y unas vieiras gratinadas a la mantequilla.
Y como plato principal, la seña de identidad de la casa, los guisos en cocotte. En nuestro caso el de lomo de cerdo y el de pollo. Este último estaba ESTUPENDO, y es, sin duda, lo más rico que comimos en todo el viaje… indescriptible la salsa trabada que se esconde debajo de la cazuela y que no permite apreciar la foto; tendréis que ir para probarlo.
Quesos, y un estupendo “semi-coulant” a base de caramelo salado (seña de identidad de la zona). Todo el festival (vino de la casa incluido) por 70€ la pareja. Non plus ultra.
Una etapa imprescindible en esta ruta es acercarse al Mont Saint-Michel, sobre el que ahorraremos palabras porque quedan pequeñas ante el impacto visual que supone… la llegada al monte se queda grabada a fuego en la retina del viajero y a nuestro entender, supera a las otras maravillas de la humanidad que hemos visto (incluidas las pirámides…) Recomendamos pernoctar dentro para disfrutar del lugar en calma, una vez lo abandonan las hordas de japoneses.
El interior del monte no alberga ningún interés gastronómico, a menos que uno quiera pagar 40€ por la famosa tortilla de la Mère Poulard (algo a lo que nos negamos) o morir de asco en una crêperia sobre la que hablaremos más tarde… pero en los alrededores del monte si que pueden encontrarse lugares interesantes, destacando La Ferme Saint Michel (www.restaurant-ferme-saint-michel.com), un restaurante del “terroir” a 2 km de la abadía. Optamos por una de las múltiples fórmulas, a precio muy correcto, y que incluía:
Un curioso magret secado por el propio equipo de cocina del restaurante, que a pesar de su aspecto no demasiado apetecible, estaba estupendo… nada que ver con el jamón de pato, ya que estaba mas faisandé que curado.
Consomé con setas y germinados.
Preámbulo del cordero “pré-salé”, motivo principal de nuestra visita, ya que estando por la zona y siendo declarados corderófilos no podíamos pasar por alto la oportunidad de catar esta variedad de cordero local, que tiene la peculiaridad de pastar en zonas de mareas muy elevadas, lo que provoca que la hierba esté más salada de lo habitual (etimológicamente y para evitar confusiones, diremos que “pré-salé” no significa “previamente salado” sino “prado salado”). Se trata por tanto de un cordero que no es comparable a nuestro lechal (que sólo toma leche materna y no ha pastado) ya que precisamente su gracia es que sea algo mayor y haya comido hierba salada en abundancia. Nos gustó mucho, y hay que decir que no es nada salado (supongo que el cocinero equilibrará los puntos de sal). Lo catamos en dos maneras, en torta (tipo “pastela” magrebí) y al horno.
De postre, muy rica la tartaleta, y alucinante la generosísima ración de flan normando con ciruelas (técnicamente el Mont Saint-Michel no está en Bretaña sino en Normandía; incluso el omnipresente aperitivo Kir Breton se ofrecía en el restaurante como Kir Normando)
El local muy cuidado y presidido por el horno para asar los corderitos presalés.
No se puede ir a la Bretaña sin visitar las famosas creperías, simpáticos lugares en los que se suele comer muy bien a un módico precio.
Nosotros visitamos tres, la Crêperie au Pressoir (bastante correcta, muy cerca de los impresionantes megalitos de Carnac), la Crêperie de l’Abbaye, sobre la que hablaremos a continuación, y un infame cuchitril de cuyo nombre no quiero acordarme, situado en el Mont Saint Michel; pretendíamos hacer una cena rápida y nos encontramos con unos asquerosos pseudo-crêpes pastosos y reblandecidos que no se hubiese tragado ni Jeena Jameson. El nombre ya os digo que lo he olvidado, pero os dejo la foto de la calle para que no se os ocurra entrar por nada del mundo; es el rótulo con la sirena… y suerte tuvimos de no tener que recurrir a otra sirena (la de la ambulancia) por intoxicación…que asco por dios. Ha sido la única experiencia gastronómica desagradable, y si este blog consigue evitar que algún incauto pase por lo mismo, ya habrá justificado con creces su existencia.
Bueno, hablemos de la Crêperie de l’abbaye, situada junto a la imponente abadía marítima de Beauport, en Paimpol (rue Beauport 32). La abadía es maravillosa, muy bien restaurada y situada en un paraje encantador (hay alguna foto en el post de estampas bretonas); justifica plenamente el viaje. Además el establecimiento está adherido al sello de “Crêperies Gourmandes”, lo que es toda una garantía de savoir faire y uso de productos locales de calidad.
La oferta de estos locales es sota, caballo y rey. Para hacer boca los mejillones, riquísimos, y que suelen servir con un caldo lechoso y picante (algo que a priori nos puede chocar acostumbrados a la típica salsa “marinera”, pero que creedme, está de rechupete y no chirría en absoluto)
Luego las galettes (crêpes salados, a base de trigo sarraceno, muy oscuro) que son las que calibran vedaderamente el prestigio del local. Optamos por una galette de morcilla con manzana y otra con bacon, huevo y espinacas. Deliciosas ambas.
El postre suele estar compuesto por crêpes dulces, aunque optamos por compartir un delicioso Kouign Amman, pastelito del que ya hemos glosado las excelencias. Para beber siempre sidra.
El resultado, un festin para dos personas por menos de 40 euros.
Finalmente, hablaremos de Chez Jacky (www.chez-jacky.com) en Belon, zona ostrícola por excelencia (las mejores ostras de Cancale son bebés-ostra belonianos criados en Cancale), donde acudimos para emular a Anthony Bourdain, que en su periplo gastronómico por la zona se zampa una monumental mariscada en el local.
El ocal cuenta con viveros propios y un entorno idílico con terracita con vistas al estuario.
Una impresionante bandeja de marisco para 2 personas cuesta 83€ (si se le añade el bogavante la cosa sube considerablemente, pero que leches, era nuestra última comida en la zona como para no caer en la tentación) Centollo, gambas, caracoles, almejas, langostinos, etc…y ostras, muchas ostras, planas y cóncavas (más delicadas las primeras, más carnosas las segundas)
Evidentemente dimos buena cuenta del festín de clausura de las vacaciones.























































