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Más restaurantes bretones

1 octubre, 2010

Cerramos el reportaje gastronómico sobre las vacaciones en la Bretaña comentando algunos de los otros restaurantes que hemos visitado, más informales, pero todos ellos bastante satisfactorios.

 Empezamos con lo que fue, posiblemente la comida más agradable del viaje, en Le Manoir des Portes (www.manoirdesportes.com), un delicioso y tranquilo hotelito rural situado en la zona de La Poterie/Lamballe, cerca del magnífico y poco conocido castillo de la Hunaudaye, el Fort La Latte y el cabo Fréhel. Terraza jardín idílica, compartida con otra pareja con bebé y una curiosa mesa de “despedida de soltero masculina con glamour”.

Propuesta única de menú de mediodía sobre los 30€ por persona (bebidas a parte).

 Souffle con trufa de verano.

Ensalada campera; fantástico punto de coccion del huevo y de la andouillette (una especie de butifarra pero hecha enrollando tripas a modo de espiral; es un sabor profundo a víscera que puede ofender a algunos paladares, pero encantará a los adeptos al trash-cooking)

Tiernísima ternera con setas y bastante correcto el san pedro (pescados, Francia… ya se sabe)

A modo de postres, una tosta con queso gratinado y unos higos al horno, culmen de una comida low cost, súuuuuuuuuuuper agradable en un entorno idílico.

Otra comida muy grata en Dinan, un precioso pueblecito muy turístico, donde uno espera encontrarse a Asterix deambulando por las calles. Envidiable esfuerzo el del restaurante Chez la Mère Pourcel (www.chezlamerepourcel.com) situado en una casa con 400 años de antigüedad en el centro del pueblo, para ofrecer una muy digna propuesta (a la vez que muy turística, y en un lugar muy turístico) a precios comedidos.

Aperitivos de la casa: Pousse Rapière (con armagnac) y el omnipresente Kir Breton (un Kir Royal al que se le sustituye el champán por la sidra local; refrescante y económico)

Unas ostritas y unas vieiras gratinadas a la mantequilla.

Y como plato principal, la seña de identidad de la casa, los guisos en cocotte. En nuestro caso el de lomo de cerdo y el de pollo. Este último estaba ESTUPENDO, y es, sin duda, lo más rico que comimos en todo el viaje… indescriptible la salsa trabada que se esconde debajo de la cazuela y que no permite apreciar la foto; tendréis que ir para probarlo.

Quesos, y un estupendo “semi-coulant” a base de caramelo salado (seña de identidad de la zona). Todo el festival (vino de la casa incluido) por 70€ la pareja. Non plus ultra.

Una etapa imprescindible en esta ruta es acercarse al Mont Saint-Michel, sobre el que ahorraremos palabras porque quedan pequeñas ante el impacto visual que supone… la llegada al monte se queda grabada a fuego en la retina del viajero y a nuestro entender, supera a las otras maravillas de la humanidad que hemos visto (incluidas las pirámides…) Recomendamos pernoctar dentro para disfrutar del lugar en calma, una vez lo abandonan las hordas de japoneses.

El interior del monte no alberga ningún interés gastronómico, a menos que uno quiera pagar 40€ por la famosa tortilla de la Mère Poulard (algo a lo que nos negamos) o morir de asco en una crêperia sobre la que hablaremos más tarde… pero en los alrededores del monte si que pueden encontrarse lugares interesantes, destacando La Ferme Saint Michel (www.restaurant-ferme-saint-michel.com), un restaurante del “terroir” a 2 km de la abadía. Optamos por una de las múltiples fórmulas, a precio muy correcto, y que incluía:

Un curioso magret secado por el propio equipo de cocina del restaurante, que a pesar de su aspecto no demasiado apetecible, estaba estupendo… nada que ver con el jamón de pato, ya que estaba mas faisandé que curado.

Consomé con setas y germinados.

Preámbulo del cordero “pré-salé”, motivo principal de nuestra visita, ya que estando por la zona y siendo declarados corderófilos no podíamos pasar por alto la oportunidad de catar esta variedad de cordero local, que tiene la peculiaridad de pastar en zonas de mareas muy elevadas, lo que provoca que la hierba esté más salada de lo habitual (etimológicamente y para evitar confusiones, diremos que “pré-salé” no significa “previamente salado” sino “prado salado”). Se trata por tanto de un cordero que no es comparable a nuestro lechal (que sólo toma leche materna y no ha pastado) ya que precisamente su gracia es que sea algo mayor y haya comido hierba salada en abundancia. Nos gustó mucho, y hay que decir que no es nada salado (supongo que el cocinero equilibrará los puntos de sal). Lo catamos en dos maneras, en torta (tipo “pastela” magrebí) y al horno.

De postre, muy rica la tartaleta, y alucinante la generosísima ración de flan normando con ciruelas (técnicamente el Mont Saint-Michel no está en Bretaña sino en Normandía; incluso el omnipresente aperitivo Kir Breton se ofrecía en el restaurante como Kir Normando)

El local muy cuidado y presidido por el horno para asar los corderitos presalés.

No se puede ir a la Bretaña sin visitar las famosas creperías, simpáticos lugares en los que se suele comer muy bien a un módico precio.

Nosotros visitamos tres, la Crêperie au Pressoir (bastante correcta, muy cerca de los impresionantes megalitos de Carnac), la Crêperie de l’Abbaye, sobre la que hablaremos a continuación, y un infame cuchitril de cuyo nombre no quiero acordarme, situado en el Mont Saint Michel; pretendíamos hacer una cena rápida y nos encontramos con unos asquerosos pseudo-crêpes pastosos y reblandecidos que no se hubiese tragado ni Jeena Jameson. El nombre ya os digo que lo he olvidado, pero os dejo la foto de la calle para que no se os ocurra entrar por nada del mundo; es el rótulo con la sirena… y suerte tuvimos de no tener que recurrir a otra sirena (la de la ambulancia) por intoxicación…que asco por dios. Ha sido la única experiencia gastronómica desagradable, y si este blog consigue evitar que algún incauto pase por lo mismo, ya habrá justificado con creces su existencia.

Bueno, hablemos de la Crêperie de l’abbaye, situada junto a la imponente abadía marítima de Beauport, en Paimpol (rue Beauport 32). La abadía es maravillosa, muy bien restaurada y situada en un paraje encantador (hay alguna foto en el post de estampas bretonas); justifica plenamente el viaje. Además el establecimiento está adherido al sello de “Crêperies Gourmandes”, lo que es toda una garantía de savoir faire y uso de productos locales de calidad.

La oferta de estos locales es sota, caballo y rey. Para hacer boca los mejillones, riquísimos, y que suelen servir con un caldo lechoso y picante (algo que a priori nos puede chocar acostumbrados a la típica salsa “marinera”, pero que creedme, está de rechupete y no chirría en absoluto)

Luego las galettes (crêpes salados, a base de trigo sarraceno, muy oscuro) que son las que calibran vedaderamente el prestigio del local. Optamos por una galette de morcilla con manzana y otra con bacon, huevo y espinacas. Deliciosas ambas.

El postre suele estar compuesto por crêpes dulces, aunque optamos por compartir un delicioso Kouign Amman, pastelito del que ya hemos glosado las excelencias. Para beber siempre sidra.

El resultado, un festin para dos personas por menos de 40 euros.

Finalmente, hablaremos de Chez Jacky (www.chez-jacky.com) en Belon, zona ostrícola por excelencia (las mejores ostras de Cancale son bebés-ostra belonianos criados en Cancale), donde acudimos para emular a Anthony Bourdain, que en su periplo gastronómico por la zona se zampa una monumental mariscada en el local.

El ocal cuenta con viveros propios y un entorno idílico con terracita con vistas al estuario.

Una impresionante bandeja de marisco para 2 personas cuesta 83€ (si se le añade el bogavante la cosa sube considerablemente, pero que leches, era nuestra última comida en la zona como para no caer en la tentación) Centollo, gambas, caracoles, almejas, langostinos, etc…y ostras, muchas ostras, planas y cóncavas (más delicadas las primeras, más carnosas las segundas)

Evidentemente dimos buena cuenta del festín de clausura de las vacaciones.

Bretones Estrellados

24 septiembre, 2010

En nuestro periplo gastronómico hemos visitado algunos restaurantes galardonados con estrellas Michelin. No es que seamos acérrimos defensores de los postulados de la guía roja, pero siempre está bien tomarle el pulso.

No entraremos en valorar si la guía es autocomplaciente con la cocina francesa o si menosprecia a las vanguardias españolas, son temas ya muy manidos… sólo decir que en general hemos comido bien, aunque sin llegar a experiencias religiosas. Buena cocina, mucho producto, cocciones acertadas, buen servicio, precios acorde, quesos muy ricos y creatividad la justa… ni más ni menos lo que esperábamos, por lo que no podemos decir que hayamos salido decepcionados en absoluto (algo que sí nos ha ocurrido en otros viajes, léase Le bec en Lyon, Cracco en Milán,…) ya he comentado antes que me chocó el tema de las copas del vino.

Uno de los sitios visitados ha sido Le Coquillage (http://www.maisons-de-bricourt.com/les-Maisons-de-Bricourt/le-coquillage.php) donde oficia Olivier Roellinger, uno de los chefs franceses más famosos, y que precisamente renunció a las 3 estrellas Michelin que ostentaba su restaurante Les Maisons de Bricourt, a finales de 2008, aduciendo un desgaste y un estrés que no le compensaban en absoluto. El restaurante La Coquillage (que conserva una estrella) es lo que ha quedado de aquel antiguo triestrellado; misma ubicación, mismo glamour, pero menos estrés y mejores precios.

 Optamos por el menú “Aventures Maritimes” que conjuga lo que son las dos señas de identidad del chef: el tratamiento del pescado y el uso de las especies. Todo muy rico, y el pescado muy bien tratado, lo que no es fácil en Francia donde hay tendencia a pasarse en puntos de cocción y/o a bañarlo en salsas y cremas de leche.

 Después de los entrantes aparecieron unos fabulosos langostinos crudos marinados, fantásticos y de sabor muy oriental (quizá el mejor plato, lástima que la foto no salió bien) y un Carpaccio de rape con algas, cúrcuma, y una curiosa y castiza “ensaladilla rusa” que parece de tascorro, pero que estaba bien hecha y muy al dente.

Luego el bogavante al cacao (con suplemento en el menú)

El san pedro a las 14 especies, muy bien cocido y con chispa, pese a su aspecto de “merluza de hospital”.

Los salmonetes con judias; fantásticos, aunque la brocheta no pintaba gran cosa.

Y finalizamos con los consabidos quesos y carros de postres (prefiero una buena carta de postres a un carro de esos tan demodé), que nos volvieron a recordar que estábamos en un restaurante francés, ya que, hasta ese punto, el menú nos pareció lo menos francés de todo el viaje.

Una buena comida, bastante “original” para lo esperado, lástima del conservadurismo de esta parte final. De las mignardises solo recuerdo unos extraordinarios caramelos de mantequilla salada.

 El restaurante se integra en un complejo de lujo tipo hotelito-mansión, con jardines, horno de pan… clientela glamourosa millonettis y cochazos; deliciosas vistas de la bahía de Cancale desde la terraza del jardín, donde se puede tomar el café (declinamos la oferta porque el peque ya se empezaba a cansar)

 Prosigo con la comida en L’Amphitryon (www.amphitryon-abadie.com), un 2 estrellas Michelin situado en Lorient. Iba con expectativas altas ya que me lo había recomendado hace tiempo un cocinero francés (Laurent Petit) con el que coincidimos en el congreso de San Sebastián.

 Lamentablemente no pudimos disfrutar de la experiencia en todo su esplendor por lo que se me hace difícil valorarlo en conjunto, si bien la cocina insinuó un nivel muy alto y es un sitio al que me gustaría volver con más calma y para un menú más largo.

 Visitado a mediodía de un martes, estaba vacío… comimos completamente a solas. Además el peque se nos despertó justo al entrar (y sin trona!), por lo que optamos por la fórmula de mediodía, más corta y sencilla. El Maître estuvo majísmo (nos confesó que tenía un niño de la misma edad, por lo que se metió perfectamente en nuestra piel) y le sacó lápices de colores, se lo llevó un rato a la cocina… un encanto, y todo ello sin perder la prestancia y el saber estar que se le presuponía.

Como digo estaba todo rico y los sabores bien integrados, si bien en algunos platos la presentación parece un poco “rara” por ponerle algún adjetivo neutro.

Entrantes a base de ostra, cangrejo y gazpacho. 

Muy buen tartar de cangrejo con aguacate. 

El consabido foie, que poca cosa aporta. 

Buenísimos los arenques con acompañamientos de tomate, berenjena, zanahoria y olivas negras.

 El conejo con setas, cacao y patatas con velo de panceta muy rico y jugoso. Bravo por usar el conejo como carne principal en sitio de este nivel. Ya estamos hartos de carrés de cordero, cochinillos y pichones sangrantes. La presentación, un tanto “rara”, como os decía.

El atún con espárragos también es difícil de mirar… estaba bueno aunque yo lo hubiese pasado menos.

Lo de siempre al volver a los postres, un anticlímax con el pistacho-chocolate y la tartaleta de fresas. Pero para ser una “formula de mediodía” por 50 euros tampoco está mal.

Acabamos con l’Auberge des Glazick (www.aubergedesglazick.com), sito en Plomodiern. Otro biestrellado de corte más clásico, donde optamos por un menú de mediodía a 60 euros. Local y servicio más de la vieja escula, y todas las mesas prácticamente llenas, muy bien para ser un miércoles mediodía.

 Lo más creativo estuvo en los aperitivos que se presentaron en forma de degustaciones saladas aparentando postres. Así había un corneto con chantilly, un macaron de foie, un chupito de trufa con galleta de trigo negro, una ensalada de frutas y unas judías verdes con virutas de queso.

Estupendos panes y mantequillas.

Y platos tan ricos como clasicorros. Raviolis de rabo de toro con foie y acompañados por una navajas a modo de contraste “mar y montaña”.

Cordero con “coco de Paimpol” (una variedad local de judías).

Creo que radiografía perfectamente lo que uno espera de un local así en Francia.

De los supermercados franceses y otras hierbas del país vecino.

24 septiembre, 2010

 Una de las cosas que me producen más placer de viajar al extranjero, es visitar los supermercados; diría que mucho más placer que visitar los mercados (al fin y al cabo, una merluza es una merluza, aquí y en la republica popular china), pero vagar por las estanterías curioseando los productos preparados, los yogures, los congelados… no tiene precio, podría estar horas y horas.

 Cuando se viaja a países muy distintos al nuestro, evidentemente se descubren cosas más extrañas, pero los problemas de idioma o diferencias culturales pueden impedir el disfrute excesivo en los pasillos del hipermercado. En el caso del viaje a Francia, esto no ocurrió, por lo que puede curiosear a mis anchas. Evidentemente, la globalización causa estragos y el 85% de productos son los mismos en todas partes, pero siempre se ven cosas interesantes.

 En mi reciente periplo constaté como CARREFOUR es el neto dominador del sector en el país vecino (no en vano, “Carrefour” es una palabra francesa que significa “Encrucijada”, y ya que estamos de curiosidades, ¿se han fijado que el logo de Carrefour es una “C” enmarcada en un rombo? Lo digo porque es fácil ver una punta de flecha roja a la izquierda y una especie de pica azul a la derecha y no percatarse del significado real) 

Fue precisamente en un Carrefour donde encontramos este interesante y robuchoniano preparado que, evidentemente, adquirimos sin pestañear. Estaba bastante rico. Para los malpensados, el Hachis Parmentier es un plato clásico francés (esencialmente carne picada cubierta con puré de patatas y gratinada) Como digo estaba rico, aunque sin poseer el componente adictivo de ninguna sustancia psicotrópica…

 

Más tarde vimos (y también probamos) otro producto de la misma marca apadrinado por Robuchon, una especie de cuscús con cordero deshilachado, muy rico también.

 En Carrefour podemos encontrar productos etiquetados bajo la marca “Reflets de France”, que tiene su equivalente en la versión española “Nuestra Tierra”; soy fan declarado de ellos y los franceses no le van a la zaga; recuerdo en particular una mantequilla a la sal de guerande espectacular.

 Aprovecho para reivindicar también los estupendos productos de la marca Bonne Maman (http://www.bonne-maman.com/) ya que todos sus postres, yogures y galetas, son estupendos (entendiendo que es un producto industrial y juega en esa liga) Probamos una tatin muy rica, unos sablés con nueces pecanas, unas magdalenas (lo más flojo) y unas galletas con uvas. De esta marca creo que aún se puede encontrar alguna cosa en supermercados españoles, pero es muy minoritaria…. hace tiempo me enamoré de sus “palets” (galletas bretonas de mantequilla), que juraría no he vuelto a ver en nuestro país. Estaban tremendas remojadas en leche y por “culpa” de mi adicción a ellas (y sobretodo un camionero imprudente) tuve hace años un accidente de tráfico, afortunadamente sin consecuencias, pero eso es otra historia… en todo caso, sería un acierto que los distribuidores apostasen por esta marca en nuestros supermercados.

 Para rematar el tema CARREFOUR, comentar que en Dinan, un bellísimo pueblo bretón de obligada visita si se está por la zona, nos topamos con un concepto que desconocía: el CARREFOUR CITY (www.carrefour.es/city/index.html), por oposición al CARREFOUR MARKET por todos conocido. Viene a ser un pequeño super de alto standing, muy orientado a “singles urbanitas” y similares, donde la mayor parte de la oferta está dedicada a la alimentación. Nos encantó la calidad y cantidad de lo ofertado, lo cuidado de la oferta y su estructuración y concepto (los carritos de compra eran monísimos). Al parecer funciona como franquicia, y leo por la web que en la comunidad de Madrid hay varios y se ultima su expansión a Cataluña y Valencia, quizá con el sello “Carrefour Exprés. ¿Alguien los conoce? ¿Son tan chulos como los de Francia? Le auguro buen futuro a la apuesta.

 Pero no solo de Carrefours vive el hombre. En Francia también vimos varios supermercados de la cadena LECLERC, y uno de la cadena CASINO. En este último, y siguiendo la estela de los productos auspiciados por chefs de renombre, reparé en varias preparaciones de marca CASINO respaldadas por Michel Troisgros. Se trata de preparaciones más lujosas (foie, carré de cordero, etc.) que no llegamos a probar pero que me despertaron la curiosidad.

 Otro aspecto común en todos los hipermercados, es la enorme cantidad de producto local si lo comparamos con lo que sucede en España. Allí, por lo que vi, es fácil encontrarse con un pasillo del súper dedicado a los productos bretones, tartas elaboradas por productores locales, etc. En eso nos llevan mucha ventaja, y es algo que no solo pasa en estos establecimientos, si no que es generalizable; nos ganan por goleada en cuanto a la defensa del “terroir”… los franceses son unos Terroiristas Gastronómicos, en el buen sentido de la palabra.

 Ocioso también comentar el nivel de la panadería y pastelería… en cada pueblito te encuentras con varios establecimientos que lucen letreros del estilo “Artisan Boulanger et Patissier”, donde se especifican el nombre y apellido del panadero. Panes y pasteles de ensueño… y multitud de mantequilla (estando en la Bretaña no podía ser de otro modo) como en el famoso Kouign Amman, el pastel nacional bretón, en cuay composición hay casi la misma cantida de mantequilla que de harina. En fin, un nivel tremendo que ojala logremos alcanzar algún día… aquí, aunque afortunadamente cada vez hay más propuestas de panadería de calidad, el nivel medio sigue dejando mucho que desear.

 En cuanto al nivel de la restauración, constatamos lo que ya preveíamos: todo muy rico y mucho producto local (el Terroirismo omnipresente, tal como comentábamos) y poca “creatividad” (ni la esperábamos ni la buscamos) tal como la entedemos aquí… es como si el peso de la tradición fuese tan grande que frenase la capacidad creativa del chef… sobredosis de foie, cremas de leche y macarons por doquier… y algunas propuestas de apariencia más creativa pero que vuelven al conservadurismo gastronómico en los petit fours, mignardises, etc. Tampoco el nivel de los cafés me pareció demasiado bueno, muy concentrados y con exceso de temperatura para mi gusto, lo que impide disfrutar de los aromas.

 Algo que sí llama la atención es la gran cantidad de fórmulas / combinaciones / menús que se ofrecen al comensal… mientras que por aquí suele haber las dos opciones (menú degustación / carta), allí el espectro es mucho más amplio, siendo habitual encontrarse con 4 o 5 propuestas, normalmente bajo nombres bastante cursis del tipo “Menu du jour”, “Menu decouverte”, “Saveurs du terroir”, etc. lo que está bastante bien puesto que permite cuadrar los presupuestos según las necesidades de cada cual. En general observamos que se decantan por los menús cortos en lugar de los menús largos y estrechos, y que los menús baratos son un chollo ya que tienen una RCP muy correcta, mientras que los menús más tipo “festival” son muy caros y uno no aprecia, a priori, que le estén agasajando mucho más que en un menú de los más “modestos”.

 Nos sorprendió el tratamiento de las copas del vino, que son todas minúsculas… incluso en restaurantes de postín (un par de biestrellados Michelin) sirven el vino en copas muy pequeñas que ya están en la mesa de entrada, sin cambiarte la copa pidas un tinto o un blanco (a lo mejor es que nuestro presupuesto nos hizo pedir vinos bastante moderados, pero me sorprendió que en ningún caso nos ofrecieran otras copas)

 No quiero finalizar este repaso por la idiosincrasia del país vecino, sin comentar lo mucho que me sorprendió el tema del tráfico y el estado de las autopistas: Francia es un país en OBRAS. Absolutamente increíble, todas las carreteras /autovías / autopistas, están en obras… es algo exageradísimo. En mi vida he contado tantos conos. Debe ser que Sarko ha decidido dar empleo contratando a personal para arreglar carreteras… y eso que el paro en las Galias es “sólo” del 10%…habrá que decirle a nuestros políticos que copien la idea, a ver si conseguimos bajar nuestro sonrojante 20% de tasa de paro.

Au Revoir

5 julio, 2010

Acabo de leer este libro de reciente publicación y por lo tanto fácil de encontrar. El autor, Michael Steinberger, analiza la supuesta decadencia de la cocina francesa en las últimas décadas, y lo hace de un modo muy entretenido, “trufado” de anécdotas y, sobretodo, muy respetuoso. No asistimos a la arenga de un anti-francófilo que denosta la haute cusine, sinó a las reflexiones de un amante de la misma, que ha disfrutado de lo lindo viajando por Francia en el pasado, y se pregunta qué le ha sucedido al país vecino. Me ha gustado; muy recomendable. Aunque sólo sea por las anécdotas sobre personajes como Bocuse o Ducasse, ya vale la pena leerlo.


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